En la era de las decisiones inapelables, tu argumento no vale nada contra el de aquel que no quiere discutir porque no quiere escucharte; aquel que confunde mantener su postura con aplastar la tuya. La dependencia se convierte en temido lastre, la conveniencia prepondera sobre la ilusión, y nos alistamos a la censura y a los silencios.
Sucumbimos a la ceguera y relegamos el tacto a un sentido vulgar, en desuso. Inventamos un lenguaje nuevo cuyo fin es no terminar de entendernos. Hemos decidido copiarnos en lo revulsivo, para acercar posturas cubiertas de asco. Nace, como un deforme engendro, el fruto del rencor acumulado, ¿quién querrá criarlo desde el amor necesario para el equilibrio, sin sentir un rechazo ambiguo?
Siempre habrá alguien con los brazos dispuestos para acunar, entre ellos, a la aberración, y mimarla en exceso, y procurarle sustento, pero no seré yo.















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