Las lágrimas que derramé, sobre aquel mantel de cuadros, nunca trajeron nada:
ni las sonrisas mutuas, ni los abrazos, sólo recuerdos que fueron agujas para un corazón que, creí, agonizaba.
Y los besos que esperé, se perdieron en tinieblas, y no quisieron volver, abonando tierra yerta, olvidaron su mensaje y yacen, desparramados, en mitad del laberinto, en el sitio de nadie.
Y la lengua quedó seca, como un pañuelo resignado y tendido, castigado en un desierto sin esperar que lo rescaten, condenado por olvido . El paladar agrio, donde hubo menta y chocolate, sólo revierte el sabor de los placeres marchitos de antes, y ya no queda dulzor...
Un después que viene. Un ahora que no está. Un ceño fruncido que enloquece por encarnarse. Un corazón dócil que latirá sin descansar y sin querer pararse, aunque un cerebro tirano lo maltrate.
En tu ceguera, quizá veas, dónde se esconden los suspiros por los sueños no cumplidos y que aun están por cumplir. Pero mis lágrimas, cóncavas y convexas, no volverán, condenadas están a morir disecadas, porque ellas distorsionan el camino y empañan la visión de las ilusiones que aunque no hayan venido, vendrán... cuando yo ya esté lejos...
domingo 28 de noviembre de 2010
Por un cerebro tirano
Publicado por
Ana PC
en
3:37:00 PM
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