Y, sin embargo, de las cenizas florece... lírica sincera.
D.E.P. Mi querido Maestro de Lengua y Literatura D. Jesús Álviz Arroyo, Acebo 1946-1998.DERECHOS RESERVADOS

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sábado, 18 de abril de 2009
De las cenizas florece...
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martes, 24 de marzo de 2009
Cai
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viernes, 6 de febrero de 2009
En la piel de Eluana
Eluana Englaro
Si tecleas su nombre completo en cualquier buscador de internet, y ves imágenes de ella, te toparás con una sonrisa. Una sonrisa sincera, que ahora, tras quince años en coma, es una mueca incomprensible, una mueca cruelmente atrofiada.
Después de un terrible accidente de tráfico, alguien decidió por ella que merecía la pena seguir viviendo, permitir que un corazón sano se mantuviera latiendo dentro de un cuerpo somnoliento irreversiblemente. Quizá al principio, el coma se vislumbraba como un mal sueño, una pesadilla para los que con los ojos abiertos la observaban rodeando su cama. Pero fue pasando el tiempo, y detrás de los conflictos políticos, de los intereses religiosos, hay una vida de la que ninguno es dueño, privada de todos los elementos que hacen que ésta merezca la pena.
Me pongo en la piel de Eluana, incapaz de articular un movimiento voluntario, con una mueca perversa como única expresión, anuladas las ilusiones, los deseos, y encuentro dentro de mi enfado, frustraciones, y miedo. ¿Quién quiere vivir haciendo sufrir a quienes te quieren? ¿Quién quiere ser recordada como un ser inerte? Es como vivir encerrada en una prisión latente, barrotes por venas, estimulados por cables, incomprensión ajena y la mirada perdida, tras unos ojos cerrados.
Qué difícil decidir si es mejor que viva o que muera...qué inapropiado elegir por ella. ¡Qué injusto!
Y vuelvo a mirar su sonrisa cautivadora, sabiendo que jamás volverá a producirse. Y su destino me duele, y pienso cuál sería mi deseo si me viera en su situación. Yo elegiría la muerte, pues la vida, en mi opinión, sin sentido no merece la pena.
Ponte en la piel de Eluana, si lo soportas, cinco minutos, y encuentra dentro de ti, la esencia de la felicidad cotidiana, está en los recuerdos de las cosas más triviales.
Gracias Eluana por tu sonrisa.
Música: Laura Paussini & Tiziano Ferro Canción: Non me lo so spiegare (No me lo puedo explicar) Letra original:http://respect.altervista.org/testi/centoundici/nonmelosospiegare.htm
Taducción al castellano:
Fotografía: El pozo del poblado de La Bella, El Terrón (Lepe)
sábado, 31 de enero de 2009
Entrelazadas
El andén desierto de una estación de metro. El próximo tren, uno de los últimos, pasará en diez minutos. Las corrientes de aire seco se alternan, frío, calor, y la luz de un tubo fluorescente parece que va a fundirse, acercando y alejándome el suelo gris de la mirada empañada. Sentada en el frío banco de piedra. El corazón agitado. Claustrofobia justificada, bajo tierra esperando. Y el maldito metro que no llega.
Resuenan pasos, con eco. Carreras precipitadas y risas al otro lado. Se jodió mi soledad.
Aparecen tras el pasillo, una pareja de adolescentes borrachos. No reparan en mi presencia, frente a ellos. Se besan apasionados, ella contra la pared sin oponer resistencia. Él presionándola con todo el cuerpo, y ríen alborotados.
Quiero quitar la vista, mirar a otro lado. Su felicidad etílica me desgarra. Pero el morbo me puede, me pregunto si se quieren, si se acaban de conocer, si será la última vez que se vean.
Me miro la muñeca y me acuerdo que me robaron el reloj. Ya viene el metro del andén contrario. Los chicos por fin separan sus cuerpos.
Entramos en el vagón. Él todavía lleva los labios manchados de mi carmín, y a mi me huelen las manos a su colonia, mezclada con tabaco. Nos sentamos y entrelazamos las manos. El vagón sigue parado. Me percato del andén de en frente, una mujer harapienta me mira con el ceño fruncido. Parece una mirada de odio, pero, ¿cómo va a odiarme, si no me conoce? Se le acercan dos hombres con el uniforme de seguridad. ¿Qué habrá hecho? Hablan, quieren cogerla, pero la mujer se zafa. Le agarran con fuerza. El tren echa a andar, y lo último que veo, antes de entrar en el túnel, es una mirada suplicante.
Hace frío en la calle, estos cabrones han vuelto a descubrir mis intenciones: quedarme a dormir dentro. ¡Malditos! Ahora tendré que buscar un cajero y en esta zona, llena de niñatos, a ver quién duerme un sábado por la noche. Camino mirando al suelo, no merece la pena levantar la vista y encontrarte a estos hijos de la noche, en plena fiesta, y ser objetivo de sus bromas burlonas.
Vamos llegando a mi parada, aun no me ha soltado las manos. Pero yo sé que no va en serio. Aunque me acompañe casi hasta mi casa, y luego tenga que darse la vuelta para volver con sus amigos.
En la próxima estación se baja, no sé si decirle algo. No sé si te llamo mañana va a ser muy precipitado. Tampoco quiero agobiarla. Pero, ¿y si ella no me llama? El último chupito de tequila me ha sentado fatal, y no puedo pensar con claridad. Me suelta la mano, y se levanta. Por inercia, me levanto, le doy el último beso. Ella me mira divertida. Quizá decir algo ahora sería romper el momento.
Ya nos veremos...eso es todo lo que me ha dicho...¡vaya fin de noche! y encima ahora la charla de papá por llegar dos horas tarde... ¿pero le volveré a ver?
Ya nos veremos le he dicho, hay que ser gilipollas para soltarle esa frase a una chica que te gusta, es la típica frase que molesta, y yo sin batería en el móvil para apuntar su número.
¡Ya nos veremos las caras, amiga! me grita agitando los brazos Alfredo, otro vagabundo. No me perdona que le haya robado el vino. Me ofreció sólo un trago, y me he negado a devolverle el cartón. Pero es que, o me emborracho o no soy capaz de conciliar el sueño, con todos estos niñatos entrando y saliendo...
Llego a casa, aguanto el chaparrón de papá que estaba despierto en el salón, jugando solo al ajedrez electrónico. Me voy a la cama, debería lavarme las manos, pero si lo hago perderé su olor. Quiero soñar con él, con sus ojos, con su sonrisa, con las cosas que me ha dicho.
Vuelvo al bar donde están o creo que siguen mis amigos. Al doblar la esquina veo que dentro de un banco hay jaleo, miro de reojo, pues parece una pelea entre vagabundos. Un hombre tira a una mujer de los pelos, y la zarandea hasta sacarla a la calle. La tira al suelo. Ella gime, y a mi me da pena, pero también miedo. Me acerco. Le ayudo a levantarse.
__ Eres un mentecato que no sabe lo que quiere...siempre con tus dudas...la has dejado marcharse, que sepas que la has perdido para siempre. Después de esta noche, todo ha acabado, tenlo claro.
La suelto... ella tiene razón, la he perdido... ¿cómo he podido ser tan imbécil?
Un chico me ayudó cuando me peleaba con Alfredo, no pude darle las gracias pues me soltó y salió corriendo... mientras yo juraba a Alfredo que nuestra amistad se había terminado. Mira que tirarla del pelo...a la que fue su confidente, su compañera... mira que tirarme del pelo...
Hoy, ya lunes, mendigo tirada en las escaleras de la boca de Metro de Ríos Rosas. Hay un joven que espera, apoyado en la barandilla. Lleva las mismas horas que yo, me resulta familiar, pero veo tanta gente a diario, que ya confundo las caras.
Ella tiene que coger el metro para ir a clase. Si la espero aquí seguro que la veo. Así puedo disculparme por no haberme despedido como ella merecía. Y pedirle el teléfono y que volvamos a quedar.
Hoy Lunes, vuelta al colegio... con el uniforme, llevo heladas las piernas. Al fondo la estación de Ríos Rosas, y un hervidero de gente que entra y sale. Una mujer en el suelo, con un cartel pidiendo. Y mis manos ya perdieron su perfume...
Por ahí viene. Voy a besarla...
Por ahí viene una chica, seguro que tiene algo...
viernes, 26 de septiembre de 2008
Era agónica-antagónica
A mayor demanda menor oferta. Abre la boca, ahora que aun puedes y coge aire...aun no han abierto los bancos pulmonares, esos que guardarán el oxígeno y lo transferirán por un módico precio, un negocio con futuro en un lugar sin futuro, era antagónica... como todo en la vida, pura ironía:
Lugares desiertos y bosques quemados.
Chabolas a pie de inmensos rascacielos.
Niños desnutridos, contenedores llenos de restos de comida.
Gente durmiendo en la calle, insomnes en mansiones.
Parados sin querer, trabajadores que no mueven un dedo.
Pedófilos enfermos, padres esperando adopciones.
Suicidas y asesinados.
Pobres analfabetos exprimidos, poderosos necios exprimidores.
Inspira, pronto, aire corrupto de vida, polución, oxígeno, política, vidas ajenas, problemas ajenos lejanos, espira, pronto, aire de temporales, de malversaciones, de dióxido grato, gratuito por ahora. Respira... ya empezó la cuenta atrás para expirar. Aplícate y empeña...porque morirse también tiene un precio.
viernes, 27 de junio de 2008
El puente de El Olvido
En cada uno de sus extremos crece la maleza, agarrada ferozmente a lo que fue a estructura férrea, atraviesa lo que fue un caudaloso Río Piedras, hoy en día un riachuelo con el fondo de lodo, a su alrededor plantas salvajes por donde sapos que se quedaron sin ser píncipes esperan los besos de alguna princesa.
El puente tiene una inscripción, con la fecha 1931, sí que ha llovido, aunque no tanto como para desbordar la presa que construyeron más abajo, años después.
Allí de pie me pregunto cuántas vidas esperaron el tren que pasaba sobre él. Cuántos anhelos antes de una guerra que dividió un país que ya no la recuerda.
No sé qué intereses hubieron para que desapareciera aquella línea ferroviaria, imagino que la construcción de la carretera, la magnífica y carísima autopista pudo con el romanticismo del traqueteo de las locomotoras y sus vagones. Sin duda una pena. Y una muestra más de que el capitalismo puede chocar de frente contra un tren y hacerlo descarrilar.
Y el puente mudo sin poderse quejar de que lo han dejado solo, en mitad de un paisaje en el que su metal desentona, pero que sin él, ahora, ya no tendría sentido.
Veintiochomil y pico atardeceres sobre El Puente de La Tavirona, al que yo llamo, el puente de El Olvido.
viernes, 13 de junio de 2008
Viernes 13
viernes, 6 de junio de 2008
Invisibilidad
Desde la invisibilidad más absoluta, escribo...
Desde la invisibilidad que me otorgan los iris con los que casual o intencionadamente me encuentro: verdes, azules casi translúcidos, miel, opacos tirando a negros, y que ninguno es capaz de dirigirme una mirada sincera, y me hacen sentir invisible a veces, y las otras restantes, diminuto.
Intento mantener la cabeza alta, una expresión cordial, la mirada firme y cercana, pero nunca hallo respuestas a mis preguntas en los ojos de quienes me cruzo. Ni siquiera un enlace de empatía, y si miro más abajo no me encuentro sus sonrisas amigables. No me topo con nada, es, como si no me vieran.
Y da igual como me vista, si camino recto o torcido, si me mantengo en equilibrio o caigo, nadie se acerca. No me siento desvalido, me siento impalpable, etéreo, un ser imaginable sacado de algún libro de fantasía, protagonista de un cuento limitado, que cayó en el olvido.
Desde la invisibilidad más absoluta, pienso...
Que quizá sea mi cometido mantenerme en pie casi como un ser inerte y permitir que los demás se apoyen para atarse los cordones de sus zapatos, para que choquen conmigo creyendo que han tropezado con algún adoquín levantado, para que apoyen su espalda en mi pecho si están cansados, para ser testigo mudo de besos y enfados.
Que la fortuna me esté esperando en cualquier esquina, pero que yo he elegido el camino equivocado, y avanzo siempre, pero en sentido opuesto.
El ser transparente no me ha traído más que complicaciones, quererme pone metas inalcanzables, frustrarme continuamente.
La invisibilidad que te forja una coraza de libertad enjaulada, de la que esperas que alguien te saque, somos muchos invisibles esperando que nos pinten y nos den la mezcla idónea de colores de la paleta que te haga ser visto, aunque no reconocido.
lunes, 2 de junio de 2008
La mujer mosquito
Quizá la crudeza de su infancia, pasar frío y hambre, le moldeó el alma hasta endurecerla como una figura de hielo que ni siquiera al sol de un amor placentero, de la sonrisa sincera de un niño pequeño, de los abrazos de quienes divertidos y diversos la sedujeron, de las miradas de quienes le apreciaron, ha sido ni creo, jamás será, capaz de derretirse. En vez de cultivar estados de ánimo efímeros, como todos hacemos, se quedó arraigada y perenne en una felicidad inventada en la que no cabían sino aquellos que por ella eran llamados y nadie más estaba invitado.
Pasó de niña a mujer con grandes zancadas, se prometió no pararse a disfrutar el tiempo hasta que no tuviera poder y éxito, fuera cual fuera su precio. La ambición tomó cuerpo en su cuerpo. Así se convirtió en la mujer mosquito, que para vivir necesitaba exprimir la energía de otros y así hacer su hábitat propio, succionar los pensamientos, las ideas, convertir las alegrías en penas, en definitiva: asegurarse seguir creciendo; sólo que ella no chupaba la sangre, se abastecía de las carteras, las cuentas corrientes, las cajas fuertes, todo lo material que sus víctimas tuvieran.
No era consciente en su aleteo continuo, frenético, que sus víctimas le irían repudiando, al darse cuenta de sus oscuros objetivos, se irían alejando de ella. Pero la soledad no era si no otra escala en su alto vuelo. Y ella estaba dispuesta a todo por llegar a su meta.
Quizá no fuera consiente que la ambición desmedida se llama avaricia, y es dañina para la egolatría, pues como un adicto a cualquier vicio, siempre quieres más, y el inconformismo exagerado está reñido con la autoestima.
La mujer mosquito se fue quedando sola, sus amantes se volvieron esquivos, sus hijos la dejaron de lado, sus amigos, si es que alguna vez los tuvo, permanecieron ocultos.
La mujer mosquito se fue marchitando. Podrida por dentro llevaba años, pero ahora los efectos de esa putrefacción se dejaban ver en su rostro, arrugas rellenas de maquillajes caros surcaban las comisuras de sus labios en dirección a la barbilla, y le daban una expresión más siniestra.
Quiso pasar de mosquito a libélula (otro insecto pero más estilizado), se sometió a diferentes intervenciones, pero aun no han inventado el lifting para el alma, ni las liposucciones de malos sentimientos, y aunque hermosa por fuera, seguía siendo un vejestorio amargado y decrépito por dentro.
La última vez que la vieron, cuentan que colgaba del brazo de un hombre algo mayor que ella, y que le susurraba sus caprichos a cambio de placeres carnales. Otro pobre incauto que caía rendido ante ella, ante esa seguridad aplastante que uno no sabría si odiar o admirar. Desde luego nadie que conozco querría ser como ella: un parásito de vanidades, vector de infecciones para corazones leales, derramador de lágrimas, vertedor de sufrimiento.
Y todos saben, todos sabemos que morirá sola, aplastada por un manotazo del destino que se encarga de que cada uno reciba lo que merece. No, nadie envidia su vida, por muchas riquezas que tenga, por muchos ceros que haya en su libreta del banco, por sus trajes carísimos y su estética perfecta. Pero nadie la envidia que es lo que ella hubiera querido, lo que ansiaba desde el nacimiento de sus alas.
viernes, 23 de mayo de 2008
Lluvia
La lluvia me despertó, sonoras gotas cayendo, ¿o fue ese sueño agitado?
Pelo enmarañado, ojeras malvas y la boca seca, seca y amarga.
El agua del grifo apaga la sed pero no enmascara el sabor de los recuerdos podridos.
Me cepillo los dientes frente al espejo salpicado, en el reflejo me busco, encuentro la imagen de una persona cansada, creo que se corresponde con mi yo actual, aunque me asquee reconocerlo.
Por un instante sonrío, lentamente hago mover las poleas que tensan los músculos desde el cerebro, las noto oxidadas, y caen lo labios, pesados como piedras gigantes perfiladas, y la lengua me devuelve el sabor agrio de la derrota. De no poder con el alma.
Enfurezco, salgo a calarme a la terraza, ahora más que llover, diluvia; el agua está fría, moja la ropa y pasa al cuerpo. Miro al cielo, totalmente cubierto, doblo el cuello hacia atrás y cierro en un acto reflejo los ojos, ahora abro la boca y la lleno, con el sabor de la lluvia ansiada, lubricante perfecto para esas poleas oxidadas, pues voy olvidando ese sueño, y comienzo a sonreír.
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