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viernes, 6 de junio de 2008

Invisibilidad

Desde la invisibilidad más absoluta, escribo...
Desde la invisibilidad que me otorgan los iris con los que casual o intencionadamente me encuentro: verdes, azules casi translúcidos, miel, opacos tirando a negros, y que ninguno es capaz de dirigirme una mirada sincera, y me hacen sentir invisible a veces, y las otras restantes, diminuto.
Intento mantener la cabeza alta, una expresión cordial, la mirada firme y cercana, pero nunca hallo respuestas a mis preguntas en los ojos de quienes me cruzo. Ni siquiera un enlace de empatía, y si miro más abajo no me encuentro sus sonrisas amigables. No me topo con nada, es, como si no me vieran.
Y da igual como me vista, si camino recto o torcido, si me mantengo en equilibrio o caigo, nadie se acerca. No me siento desvalido, me siento impalpable, etéreo, un ser imaginable sacado de algún libro de fantasía, protagonista de un cuento limitado, que cayó en el olvido.
Desde la invisibilidad más absoluta, pienso...
Que quizá sea mi cometido mantenerme en pie casi como un ser inerte y permitir que los demás se apoyen para atarse los cordones de sus zapatos, para que choquen conmigo creyendo que han tropezado con algún adoquín levantado, para que apoyen su espalda en mi pecho si están cansados, para ser testigo mudo de besos y enfados.
Que la fortuna me esté esperando en cualquier esquina, pero que yo he elegido el camino equivocado, y avanzo siempre, pero en sentido opuesto.
El ser transparente no me ha traído más que complicaciones, quererme pone metas inalcanzables, frustrarme continuamente.
La invisibilidad que te forja una coraza de libertad enjaulada, de la que esperas que alguien te saque, somos muchos invisibles esperando que nos pinten y nos den la mezcla idónea de colores de la paleta que te haga ser visto, aunque no reconocido.

lunes, 2 de junio de 2008

La mujer mosquito

Quizá la crudeza de su infancia, pasar frío y hambre, le moldeó el alma hasta endurecerla como una figura de hielo que ni siquiera al sol de un amor placentero, de la sonrisa sincera de un niño pequeño, de los abrazos de quienes divertidos y diversos la sedujeron, de las miradas de quienes le apreciaron, ha sido ni creo, jamás será, capaz de derretirse. En vez de cultivar estados de ánimo efímeros, como todos hacemos, se quedó arraigada y perenne en una felicidad inventada en la que no cabían sino aquellos que por ella eran llamados y nadie más estaba invitado.
Pasó de niña a mujer con grandes zancadas, se prometió no pararse a disfrutar el tiempo hasta que no tuviera poder y éxito, fuera cual fuera su precio. La ambición tomó cuerpo en su cuerpo. Así se convirtió en la mujer mosquito, que para vivir necesitaba exprimir la energía de otros y así hacer su hábitat propio, succionar los pensamientos, las ideas, convertir las alegrías en penas, en definitiva: asegurarse seguir creciendo; sólo que ella no chupaba la sangre, se abastecía de las carteras, las cuentas corrientes, las cajas fuertes, todo lo material que sus víctimas tuvieran.
No era consciente en su aleteo continuo, frenético, que sus víctimas le irían repudiando, al darse cuenta de sus oscuros objetivos, se irían alejando de ella. Pero la soledad no era si no otra escala en su alto vuelo. Y ella estaba dispuesta a todo por llegar a su meta.
Quizá no fuera consiente que la ambición desmedida se llama avaricia, y es dañina para la egolatría, pues como un adicto a cualquier vicio, siempre quieres más, y el inconformismo exagerado está reñido con la autoestima.
La mujer mosquito se fue quedando sola, sus amantes se volvieron esquivos, sus hijos la dejaron de lado, sus amigos, si es que alguna vez los tuvo, permanecieron ocultos.
La mujer mosquito se fue marchitando. Podrida por dentro llevaba años, pero ahora los efectos de esa putrefacción se dejaban ver en su rostro, arrugas rellenas de maquillajes caros surcaban las comisuras de sus labios en dirección a la barbilla, y le daban una expresión más siniestra.
Quiso pasar de mosquito a libélula (otro insecto pero más estilizado), se sometió a diferentes intervenciones, pero aun no han inventado el lifting para el alma, ni las liposucciones de malos sentimientos, y aunque hermosa por fuera, seguía siendo un vejestorio amargado y decrépito por dentro.
La última vez que la vieron, cuentan que colgaba del brazo de un hombre algo mayor que ella, y que le susurraba sus caprichos a cambio de placeres carnales. Otro pobre incauto que caía rendido ante ella, ante esa seguridad aplastante que uno no sabría si odiar o admirar. Desde luego nadie que conozco querría ser como ella: un parásito de vanidades, vector de infecciones para corazones leales, derramador de lágrimas, vertedor de sufrimiento.
Y todos saben, todos sabemos que morirá sola, aplastada por un manotazo del destino que se encarga de que cada uno reciba lo que merece. No, nadie envidia su vida, por muchas riquezas que tenga, por muchos ceros que haya en su libreta del banco, por sus trajes carísimos y su estética perfecta. Pero nadie la envidia que es lo que ella hubiera querido, lo que ansiaba desde el nacimiento de sus alas.

viernes, 23 de mayo de 2008

Lluvia

La lluvia me despertó, sonoras gotas cayendo, ¿o fue ese sueño agitado?
Pelo enmarañado, ojeras malvas y la boca seca, seca y amarga.
El agua del grifo apaga la sed pero no enmascara el sabor de los recuerdos podridos.
Me cepillo los dientes frente al espejo salpicado, en el reflejo me busco, encuentro la imagen de una persona cansada, creo que se corresponde con mi yo actual, aunque me asquee reconocerlo.
Por un instante sonrío, lentamente hago mover las poleas que tensan los músculos desde el cerebro, las noto oxidadas, y caen lo labios, pesados como piedras gigantes perfiladas, y la lengua me devuelve el sabor agrio de la derrota. De no poder con el alma.
Enfurezco, salgo a calarme a la terraza, ahora más que llover, diluvia; el agua está fría, moja la ropa y pasa al cuerpo. Miro al cielo, totalmente cubierto, doblo el cuello hacia atrás y cierro en un acto reflejo los ojos, ahora abro la boca y la lleno, con el sabor de la lluvia ansiada, lubricante perfecto para esas poleas oxidadas, pues voy olvidando ese sueño, y comienzo a sonreír.